martes, abril 10, 2007

Cuando era un pendejo, no había cosa que odiase más que me dijesen que "la vida no es ni blanco ni negro, sino que hay matices". Ignorando las teorías biológicas que hablan de la segregación descontrolada de hormonas, o la explicación psicológica acerca de descubir un mundo lleno de incertidubre y necesitar certezas más o menos absolutas de las cuales agarrarse, lo cierto es que durante esa época fui considerablemente fundamentalista y bastante consecuente con la mayoría de las cosas que pensaba. Y pensaba mucho.

Ahora que lo veo en perspectiva considero que fue una etapa de lo más necesaria; el fanatismo conlleva cierta disciplina y una sólida construcción de principios morales, después de todo. Y son principios a los cuales aún me suscribo, lo cual por otro lado plantea la pregunta de si acaso eso se debe a que aún no he madurado, o quizás que desde que era un adolescente ya tenía varias cosas bien claras. Pero ya responderé a esa pregunta otro día.

Hablo de esto porque he aprendido el valor de los matices. Y que de hecho, la vida no tiene absolutos; estos existen sólo en la mente humana. Las cosas en realidad no son tan simples... y eso no es necesariamente malo. El problema es cuando, ante la complejidad, uno se paraliza. O se bloquea.

Y porque he decubierto el valor de las segundas oportunidades. De los reinicios.

No sólo funcionan, sino que son lo mejor...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gay....

Unknown dijo...

ahahahahahah!

Te cagaron pequeño pokemon.

Como va compadre? se vio las series? te parecieron por lo menos " veibles" (<--- nuevo verbo).

Eso pues, saludos y podrimoa hacer una nueva junta Hamburguesistica.

Tongas