martes, enero 01, 2013

New Year Grinch



La figura del Grinch como una persona que odia la Navidad está bastante extendida incluso en nuestra cultura local. Pero en contra de lo que uno podría imaginar, siendo ateo, no soy tan Grinch de Navidad como uno esperaría. No me gusta la Navidad, me desagrada profundamente su despropósito en el sentido que ni es una fecha de amor y reflexión como la religión Católica y sus adherentes dicen que es, y además es uno de los más claros y horribles ejemplos de cómo la iglesia intentó borrar del mapa las celebraciones paganas y así como en su momento edificó iglesias sobre templos paganos, aquí puso el nacimiento de su mesías sobre el solsticio de invierno, Sol Invictus y toda la movida. Por encima de la molestia ideológica uno tiene un inexplicable pero desbordante cantidad de gente estresada a más no poder en las calles, multitudes en todas las tiendas y uno puede claramente ver un nivel de desesperación y mala leche que no puedes hacer otra cosa que reírte hacia dentro de toda esa gente que tanto habla de lo bonito de las fechas. Porque al final eso elijo hacer, reírme.

Pero el Año Nuevo es diferente. Ahí soy mucho más Grinch.

Me desagrada profundamente que me digan lo que tengo que hacer. Cuando era más pendejo era algo generalizado; ahora que soy un poco más viejo y menos idiota escucho y respeto cuando el mensaje tiene algo que yo reconozca como validez, sabiduría o significado. Pero el Año Nuevo no lo tiene, no la menos lo que el resto del mundo dice que tienes que hacer para estas fechas. No se trata de ir en contra de la corriente por que sí. Se trata de que no puedo ir y hacer algo si no lo siento. La idea general que la sociedad impulsa en esta fecha es que tienes que celebrar, tienes que salir, tienes que emborracharte, y tienes que pasarlo bien. No son las actividades las que me molestan, es el tono mandatorio que conllevan. El que no haya mucha más alternativa, el que el resto del mundo te mire como si estuvieses enfermo si dices que no quieres hacer nada, que te da lo mismo acostarte temprano y levantarte al día siguiente como si nada.

Porque no solamente está el imperativo social de tener que hacer algo. Sino que además, efectivamente, al día siguiente uno se levanta y en realidad no ha cambiado nada. No ignoro el hecho de que hay un fin de ciclo que no es solamente imaginario, el calendario se reinicia, la tierra pasa más o menos por el mismo lugar en el espacio y todo eso. También hay un factor psicológico, la necesidad de dividir el tiempo en segmentos para que sea más fácil asimilar las experiencias y pensar en términos de metas y ambiciones. Considerando todo esto, es normal que la gente use estas fechas para reflexionar sobre lo que ha vivido en el último año y para hacer planes para el próximo año. Quizás por la proximidad de la Navidad, mucha gente empieza a hablar grandilocuentemente de valores altruistas con los cuales va a cambiar su vida y darle un nuevo rumbo. Lo cual es sumamente imbécil. No porque no sea necesario o valga la pena, sino porque nadie hace nada. El año nuevo pasa, y después de una semana la gente vuelve a su forma de ser anterior. Lo que podría ser el fin de un ciclo, el ajuste, el cambio, no es más que un par de semanas donde la gente encuentra buenas excusas para no trabajar demasiado, salir temprano, emborracharse y comer a destajo, y luego volver a hacer lo que han hecho durante todo el año. Pero pobre de ti si no haces exactamente lo mismo que ellos.

¿Y que saco yo con ser un Grinch de Año Nuevo? Nada. Tampoco pretendo hacer algo. Sólo exijo mi derecho a pataleo escrito. No quiero ni espero que nadie cambie su forma de ser por lo que digo, no sólo me parecería horrible sino que la responsabilidad de ello sería insufrible. Leyendo mi rabieta intelectual incluso yo mismo me encuentro latero al decir verdad. Pero prefiero dejar salir al Grinch y que patalee tranquilo cuando tiene que hacerlo en vez de vivir todo el día con él susurrando detrás del hombro, transformándome en una persona amarga todos los días del año en vez de un par de veces. Es menos dañino, más provechoso, y no es que nadie vaya a leer todo esto de todas maneras :)



miércoles, julio 11, 2012

Diabetes tipo 2

No me gusta quejarme. De niño lo hacía todo el tiempo, y de adolescente la cosa fue a peor. Pero después de eso, se me quitaron las ganas. Y por extensión, tampoco hablo de cuando las cosas van mal.

Ahora escribo, porque siento que las cosas ya no van mal.

Hace un par de meses fui diagnosticado con diabetes tipo 2. O sea, mi cuerpo no es capaz de asimilar bien el azúcar que entra a mi cuerpo, pero no soy insulino-dependiente así que no necesito inyectarme.

Me costó un poco darme cuenta de que estaba bien deprimirse un poco cuando a uno le detectan una enfermedad crónica. Esto es porque no dejo que las malas noticias me hagan daño. Las acepto, las digiero, y sigo adelante, pero en este caso las cosas eran un poco más complicadas que eso.

Durante muchos años, comer en exceso y de forma poco saludable definió gran parte de mi forma de ser. Suena un poco tonto ahora que pienso en ello, pero tiene sentido en cierta forma. Cuando uno es un adolescente inseguro (el término suena un poco redundante ahora que lo veo escrito), te aferras a las cosas que sabes que eres bueno, o crees saber que eres bueno. En mi caso era bueno leyendo libros, era bueno para ver películas y escuchar música, y era bueno para comer, así que me especialicé en esas cosas. No entiendo muy bien por qué uno puede ser respetado a esa edad por comer mucho, porque quizás la palabra no sea respetado sino reconocido, pero siendo adolescente a uno le cuesta un poco diferenciar ambos conceptos.

Después uno se hace viejo, pero no siempre reflexiona mucho sobre qué clase de persona es o cómo llegaste hasta allí. La vida le pone a uno ciertas obligaciones y responsabilidades, y todo el asunto de la reflexión y la introspección parece quedar en segundo plano, si es que alguna vez tuvo importancia para ti cuando creciste.

Hace dos meses atrás pesaba 81 kilos. Comía pizza, hamburguesas, sandwich y similares varias veces a la semana. Iba poco al gimnasio. No comía frutas y las únicas verduras eran las que contiene un Whooper.

Ahora peso 6 kilos menos. Como fruta todos los días, las verduras siempre y cuando no haga demasiado frío, carnes rojas sólo 3 veces a la semana, nada de queso, nada de frituras, como varias veces al día siempre a la misma hora y las porciones son por lo menos 1/3 más pequeñas de lo que eran antes.

No voy a mentir. Era mucho más feliz cuando comía como cerdo. Ser más delgado puede estar muy valorado socialmente, pero a mi me sigue importando un carajo. Hasta el momento el único valor real que le encuentro es que puedo usar ropa que antes no me quedaba bien. Y la mirada aprobatoria de mi novia cuando me ve ponerme el pijama por la noche. Eso no está nada de mal.

Las personas que me conocen, se han admirado de la voluntad necesaria para hacer esto. Más allá de que las opciones son o cambiar la forma de comer o morir, uno no se da cuenta hasta que se lo prohíben la cantidad de anuncios de comida que ve diariamente, todas las pizzas y hamburguesas en carteles publicitarios, o incluso la cantidad de veces que aparece alguien comiendo en una película o en la tele. Son cosas en las que ahora me fijo, pero no me producen ansiedad. No me molestan.

La única forma de hacer esto, la única forma de que funcione sin terminar generando una especie de neurosis, es cambiar la forma de ser.

Ya no soy la misma persona que era antes.

No voy a hacerme vegetariano, ni voy a criticar a otros por no ir al gimnasio, ni por sus hábitos alimenticios. Todo lo contrario. Si puedes comerte una pizza, hazlo ahora. Inmediatamente. Porque quizás, (y espero que no sea así), algún día un doctor de va a decir que ya no puedes hacerlo, y para entonces, te vas a arrepentir de no haber comido mientras podías.

Yo no tengo grandes arrepentimientos. Porque comí todo lo que quería. Todas las veces que quería. En todas las cantidades que quería. Nada de eso me produjo la diabetes; eso fue una jugada sucia de la genética. Podría haber vivido toda mi vida comiendo sano, y quizás la diabetes hubiese aparecido sólo después de varios años más. Pero no creo que hubiese vivido una vida particularmente feliz. Comer es un placer.

Así que decidí cambiar mi forma de ser. No sufro por no poder comer una pizza porque ya no quiero comer una pizza. Fue un poco chocante la primera vez que me comí una lechuga y me gustó de verdad. Fue aún más chocante la primera vez que vi unas papas fritas y no me dieron ganas de comerlas. Pero el shock inicial pasa, y el hábito queda. Un ex profe, medio loco, me habló durante muchos años de la voluntad, de Thelema y Crowley, de que uno podía hacer lo que quería. Eso me ha servido últimamente, y es irónico porque lo mismo que tengo ahora es lo que finalmente llevó a ese profe a su muerte.

Comer, y en exceso, ya no es parte de mi. Ya no me define.

Me sigue gustando comer, y cocinar. Simplemente ahora como y cocino otras cosas.

O sea, he cambiado, pero no tanto. Sólo una parte de mi. La que era necesaria para seguir vivo. Y me siento bien con eso.

martes, enero 31, 2012

Mi madre piensa en Dios

Mi mamá y yo (ahí adentro)


Mi madre es una mujer de 64 años. Terminó el colegio con dificultades, pues en aquellos años su familia sufría de diversos aprietos económicos. Se casó con mi padre, y durante años trabajó en varias cosas. Pero la mayor parte de su vida fue dueña de casa y madre de dos hijos, uno de los cuales (léase yo) dio suficientes problemas de salud y luego de comportamiendo como para que el ser madre haya sido un trabajo de tiempo completo.

Sin embargo, mi madre siempre leyó mucho. Recuerdo algo que a mucha gente le puede parecer una historia de ciencia ficción, pero les puedo jurar que es real: en mi casa a veces después de comer la tele no se prendía (nunca cenamos viendo tele para empezar) sino que mis padres se sentaban a fumar un cigarro y a leer un libro. De ahí sacamos esa costumbre mi hermana y yo.

Desde que tengo recuerdos, mi madre leía antes de dormir, leía a veces en las tardes, y leía de todo lo que caía en sus manos. A veces eran revistas de actualidad, otras veces novelas románticas, en más de una ocasión leía la revista Muy Interesante, y muchas otras novelas, desde lo policial hasta lo histórico. Hace algunos años incluso leyó algunos libros de Stephen King que le gustaron muchísimo, como "La Tienda".

En mi familia siempre se habló de todo, pero recuerdo (como supongo que es normal en un niño) haberle preguntado muchas dudas a mi madre, que siempre estuvo en casa mientras crecía. Le pregunté respecto a la vida, Dios, sobre el bien y el mal, sobre por qué pasaban las cosas. Por qué el mundo tenía que ser así. Mi madre hizo siempre todo lo posible por responderme, cosa que imagino no es fácil. En algún momento, ya siendo yo adolescente, me dijo que a veces le preocupaba que yo me preguntase tantas cosas, que le daba un poco de pena que mi alma fuese tan inquieta y al menos en esa época, aproblemada. Eso después se me pasó y ella fue más feliz por ello.

Ahora, mi madre sufre de cáncer pancreático. De esos que no tienen arreglo, y que hacen mucho daño.

Durante varios años, desde que alcancé la adultez y la tranquilidad espiritual de mi visión pragmática y atea del mundo, hemos discutido frecuentemente sobre política, historia y religión. Siempre me ha parecido increíble poder hablar de estas cosas con mi madre, quien no necesitó nunca tener una carrera universitaria para poder tratar esos temas con nadie.

Mi madre cree en Dios, pero rechaza fuertemente el Dios vengativo y cruel del antiguo testamento. Se declara Mariana (devota de la virgen) pero jamás ha sido de ir todas las semanas a la iglesia. No cree mucho en los curas, sólo en aquellos que conoció en su juventud y que al parecer eran mucho más tolerantes y abiertos que los que tenemos ahora.

Mi madre, por culpa de su cruel enfermedad, ha hablado bastante conmigo sobre la vida y la muerte en estos días. Muchas de las personas que la rodean, algunos cristianos, otros evangélicos, le dan apoyo y le mencionan con frecuencia a Dios y sus planes para ella, su sabiduría divina y que todo pasa por una razón. Que hay un mundo mejor después de la muerte y que debe sacar fuerza y consolarse en esas ideas para seguir adelante.

Mi madre no necesita nada de eso. Tampoco cree mucho en lo que le dicen, pero aprecia mucho el apoyo de la gente y la escucha pacientemente.

Eso es porque mi madre cree más en la gente, que en sus ideas. Ahora me doy cuenta de haber heredado varias de mis ideas de ella.

Mi madre no necesita creer que irá al cielo, o a otra vida mejor, o a otro plano de existencia. No le complica mayormente creer que después de la muerte no hay nada. Y eso es por una razón muy simple: ella ve el valor de su vida, de lo que ha hecho, de la gente con quien está en contacto y la relación con esas personas. No necesita aferrarse a la idea de que debe dejar un legado para que su existencia tenga sentido, o a la creencia de que su alma va a seguir adelante porque esto, nuestra vida inmediata, no pueda ser lo único que tenemos.

Ella se siente feliz y tranquila con lo que ha hecho con su vida. Con sus dos hijos, con su familia. No necesita ideas de trascendencia porque no cree que haya algo más grande que las personas que tiene a su lado.

Así que ante todo lo que le sucede, se limita a seguir adelante mientras tenga fuerzas para ello, a abrazarnos y querernos mientras pueda.

No se amarga ante el destino que le ha tocado, ni busca respuestas o justificación a lo que ha tenido que vivir. Se limita a aceptarlo, y hacer lo mejor posible con lo que le toca. Y con eso nos da fuerzas a todos los demás.

Me dice que no importa lo que vaya a pasar con ella o donde vaya a descansar en paz, me dice que siempre va a estar en mi corazón, y me va a acompañar donde quiera que la vida me lleve.

Y creo que tiene razón.

Te amo, mamá.

viernes, setiembre 16, 2011

Either you die a hero or live long enough to see yourself become the villian

La última vez que escribí mencioné el no tener suficiente valor, o decisión, o incluso amor propio en cuanto a lo que uno piensa, para escribirlo.

Esta vez es distinto.

Hay veces que se me ocurre algo, o pienso sobre algo, y creo que podría escribir sobre ello. Pero entonces me parece que no debería escribir sobre eso a la rápida, que debería dedicarle tiempo, quizás reservarlo para un momento más importante. Y el problema es que lo que sea que es, no se escribe. Y eso es algo mucho peor.

Here we go.

Cuando era pendejo, a los 15 o 16 años, veía la vida en blanco y negro. No es ninguna novedad para cualquiera que haya vivido esos años y luego reflexionado sobre ello. A la mayor parte de la gente le pasa. Uno a esa edad necesita absolutos, certezas, cosas definidas, nada a medias.

Y entre todas esas cosas, una de las certezas en las cuales basé gran parte de mi personalidad era en la idea de ser genuino. No me refiero a intentar ser original o distinto de los demás. Me refiero a ser fiel a uno mismo, a no cambiar nunca. O eso creía al menos.

Ahora puedo ver que hasta mucho tiempo después no fui realmente fiel a mi mismo; era fiel a la idea que tenía yo de lo que debía ser yo mismo. Afirmaba cosas y hablaba en contra de otras que en realidad, no sentía del todo. Me costaron muchos años llegar a aceptarlo y dejar de comportarme de ese modo. To break the habit. Fui mucho más feliz cuando lo hice.

Pero desde mi punto de vista de 15 años, no cambié realmente. El pendejo de 15 que aún vive en un rincón de mi mente piensa que me vendí al sistema, me dejé ganar, el junco dejó de estar en pie. El pendejo de 15 no considera la posibilidad de que uno cambie porque eso significa que deja de ser fiel a uno mismo y se transforma en algo falso. El pendejo de 15 se enorgullece de no cambiar después de otros 15 años, de seguir siendo el mismo. He conocido gente que sigue siendo igual de lo que era hace 15 años. Orgullo no suele ser una palabra en la que piense cuando los veo.

Si uno lo piensa friamente, esa fe ciega en que el cambio es malo desde esa edad suena como el fruto de una oscura conspiración diseñada para que quienes se infecten con esa idea en la juventud no lleguen a ser nada más ni evolucionar en ninguna forma con el paso de los años, siempre en lucha consigo mismo. La primera vez que se me ocurrió eso pensé que sería una buena historia para un cuento. El cuento sigue donde mismo desde hace años.

Pero entonces uno tiene esa idea de haberse traicionado a si mismo. Y me refiero estrictamente al concepto de idea, como concepto, como algo abstracto. No sabe muy bien definir por qué. Cuando eso me sucedió intenté explicarme a mi mismo mi nuevo yo de 30 años. El por qué hago lo que hago y cómo eso sigue siendo no solo igualmente válido, sino que además es valioso. Algo mejor.

Creo haberlo conseguido. Haber hecho las paces con mi viejo yo. Al menos la mayor parte del tiempo.

Porque a veces vivo un día como el de hoy, donde voluntariamente me dirijo a un mall, y voy y me compro ropa de marca, y uso una tarjeta para pagar, y luego compro algo para comer, y luego llego a mi casa en auto (aunque no sea ni el mio, ni lo conduzca yo). Y me acuerdo no sólo del pendejo de 15 sino que el de 22, no hace tanto tiempo. Aquel que odiaba el mall no como lo puede hacer un resentido que anhela comprar todo lo que hay dentro pero no puede, sino como sólo puede hacerlo alguien que trabaje allí y pase más horas dentro que fuera. El mismo que viajaba casi una hora en micro para llegar a trabajar. El que llevaba comida desde casa. Y que nunca compraba nada allí, y de hacerlo hubiese sido usando billetes y no plástico.

Eso yo mas reciente no siente odio o desprecio frente a mi yo actual porque en realidad nunca envidió a la gente que podía hacer eso. Había aceptado ya por aquel entonces un hecho fundamental de la vida; hay gente que puede hacer eso, y estar al otro lado del mostrador, y otra gente que no. Por aquel entonces estaba detrás del mostrador, ahora estoy al otro lado. Mi viejo yo siente mas bien asombro por estar del otro lado, y sé que sólo me odiaría si por algún momento olvido el hecho de que quien está al otro lado del mostrador es una persona, un ser humano, probablemente cansado por trabajar largos horarios atendiendo a un montón de gente, durmiendo poco y comiendo mal y deseando estar en cualquier otro lado excepto allí.

Creo que mientras no olvide eso, estaré bien. Incluso tendré todavía el respeto de mi yo de 15. Porque en el fondo sabe que si bien he cambiado con el paso de los años sigo siendo fiel a mi mismo. Pero siempre esta alerta, esperando al más mínimo desvío de mi camino, para patearme en el suelo cuando eso suceda.

domingo, setiembre 11, 2011

So be it.

A veces uno olvida las cosas que lo hacen feliz.

Es algo bastante estúpido y a primera vista parece poco probable, pero sucede con muchísima más frecuencia de lo que uno cree.

En mi caso, mi problema es que se me olvida escribir. Y escribir me hace feliz. Le da cierto sentido a mi vida y de paso me deja cierta sensación de plenitud, una especie de aprobación o justificación por el aire que respiro. No sé si tanto como trascendencia pero definitivamente, algo de satisfacción conmigo mismo.

Pero no es el olvido lo único que hace que no escriba. Es la estúpida necesidad de perfeccionismo.

No es el perfeccionismo común y corriente que siente mucha gente normal y el resto de la población que sufre TOC en un grado u otro. Es algo mucho más tonto. Es algo que a la gente mayor le pasa, por ejemplo, con las fotos.

En el pasado, y estoy hablando de hace unos 50 años atrás, sacar una foto era algo difícil, caro y complicado. Para empezar no cualquiera podía hacerlo, y no todos tenían las máquinas para hacerlo, uno tenía que ir a un lugar específico para hacerlo. Así que era común que las fotos fueran algo familiar (aprovechar a meter la mayor cantidad de gente posible por el mismo precio, imagino yo), y como todo lo familiar especialmente antaño, tenía un caracter aparatoso, tensional y complicado. Y era un evento único, difícilmente repetible. Por lo que uno tenía que ir bien peinado, con la ropa buena, y sonreir en la foto.

Actualmente las fotos ya no son una ceremonia aparatosa. Actualmente casi cualquier cosa es capaz de sacar una foto, y todas las que quieras, y las puedes ver instantáneamente. Si no te gusta la repites, si tampoco te gusta la retocas, y cuando quedas conforme la puedes compartir con todo el mundo. A los viejitos todavía les cuesta entender eso y a uno le dicen cosas como "peinate" o "arreglate" antes de sacar una foto, para ellos no tiene el caracter de lo casual.

Y no pasa con las fotos solamente, también pasa por ejemplo con los correos. Es algo que viene de una época donde el papel era caro, uno escribía a mano y no podía equivocarse, y los mensajes tardaban varios días, semanas o meses en llegar al destinatario. Ahora que, nuevamente, casi cualquier cosa electrónica es capaz de mandar un mensaje ya sea por SMS o correo o chat o lo que sea, y uno tipea y luego borra y luego vuelve a tipear, y envía, y si se equivoca envía otra vez y a uno le responden inmediatamente y si no lograste enviar la idea a la primera la escribes de nuevo y ahí si, funcionó, y etc.

Y yo, pese a no haberme criado en una época en el que el papel era caro o escaso (pero si donde uno escribía a mano principalmente) me sigue complicando eso de escribir. Pienso y repienso cada frase, cada párrafo, como si este fuese a quedar impreso en piedra y toda la humanidad fuera a juzgarme por lo que allí escribí, y mi vida misma dependiera del resultado. Aún me cuesta simplemente escribir.

Sólo hace unos años logré superar el otro problema que para mi implicaba escribir, que era el de releer y corregir. Durante años tenía esa idea un tanto estúpida de que todo lo que escribía por ser fruto de la inspiración era algo precioso, perfecto e intocable. Fue Stephen King el que en uno de sus libros me terminó por convencer de que en realidad lo que uno escribe así, de buenas a primeras, suele ser una mierda mal procesada y redactada a duras penas fruto de un vómito mal digerido del subconsciente que apenas tiene forma y contenido, y que uno tiene que después agarrar, arreglar, maquillar, borrar (oh Dios mío, borrar) y corregir antes de ser mínimamente presentable.

Y sin embargo a pesar de haber superado eso, sigo enfrentándome al problema de que si voy a escribir eso tiene que ser perfecto y merecedor de ser leído. La segunda parte de la idea es la que también complica, "merecedor". Porque eso depende mucho de mi estado de ánimo y cómo ande de autoestima ese día. La mayor parte del tiempo tengo una seguridad bastante débil y titubeante de que si, lo que escribo o llegue a escribir va a tener cierta calidad e importancia, y revestirá interés a quien lo pille. Pero el resto del tiempo suelo terminar, releer y pensar que es una asquerosa bazofia, un pseudoplagio, pastiche de media docena de otras historias, películas o series que haya visto, y que no aportan nada y carecen por completo de interés.

Luchando contra eso, es por lo que termino pasando meses sin actualizar esto y años sin terminar la veintena de relatos que tengo a medio camino.

Por eso hoy quise escribir así como así, sabiendo que es algo imperfecto, sabiendo que estaba escribiendo mal ni siquiera al releer sino que mientras tipeaba. Y me debe importar un carajo, así que así se queda.

sábado, julio 16, 2011

Early Morning

Hace no tanto tiempo, y durante muchos años, trabajaba los fines de semana. Todos los fines de semana. La idea quizás le parezca un poco rara a gente que no vive en Chile, donde hay horarios menos esclavizantes y mayor calidad de vida. Y más desempleo también, pero qué se le va a hacer, una cosa por la otra.

Los primeros años fueron difíciles, yo era aún un niño, cosa que es fácil decir ahora y me hace sentir bastante viejo pero que en aquella época no estaba tan claro para mí, que aún vivía los últimos coletazos de la arrogancia adolescente de saberlo todo. La parte difícil era llegar a casa un viernes por la noche, pasar por Vicuña con Irarrázabal, y ver como mucha gente se estaba empezando a preparar para la noche y tu tenías que llegar a dormir para levantarte temprano al día siguiente. Más o menos a la misma hora que estoy escribiendo esto, de hecho, pero en una situación completamente diferente. Veía gente entrando a la disco, o camino a Plaza Ñuñoa. Me bajaba de la micro entre gente con su mejor pinta gótica vampiresca que iba al Baleduc, y caminaba hacia mi casa oprimido por la injusticia de la vida y cómo yo era víctima de todo lo malo que tenía la sociedad. ¿Ven? A eso me refiero con coletazos de la adolescencia.

Con el tiempo las cosas mejoraron, o mejor dicho, mi actitud empezó a ser distinta. Porque en realidad empeoraron un poco; hasta ese momento sólo trabajaba los sábados. Y hasta mediodía. Ocasionalmente me tocó algún domingo que otro, pero era poco común. Pero para mi era el mismo purgatorio, por eso la vida decidió sacarme la auto compasión y complejo de víctima a patadas, y al cabo de un tiempo y después de unas breves vacaciones universitarias, empecé a trabajar en un mall, sábado y domingo, todo el día. Y a una hora y media de mi casa.

Mi actitud empezó a cambiar más o menos un año después de vivir así. El argumento se complica en este punto porque ya no sólo trabajaba los fines de semana. Antes tenía dos días libres a la semana, para compensar, y dos domingos libres por ley. Eso fue hasta que me puse a estudiar. Y trabajar a medio tiempo, para poder pagar parte de mis estudios. Eso se tradujo en estudiar de lunes a viernes y trabajar sábado y domingo. Sin días libres. Lo que suena terrible, por cierto, pero fue lo único que realmente me hizo madurar, dejar de ser un niño mimado y estúpido y empezar a valorar las cosas tal como son. Bueno, eso y después casi estirar la pata en un hospital, pero eso es otra historia.

Recuerdo estar cansado, todo el tiempo. Cuando tenía vacaciones en el instituto técnico donde estudiaba, solía emplear ese tiempo en trabajar. Porque era joven y necesitaba el dinero, como se suele decir, y porque las vacaciones eran buenos momentos para trabajar en una tienda en un mall en un país donde la gente compra la diversión y el escape al aburrimiento porque es incapaz de hacer esas dos cosas por sí sólo. Además, y para qué vamos a mentir en este punto, tampoco me acostaba muy temprano por aquel entonces. Eran los primeros pasos de la banda ancha, la cual me podía permitir pagar, y gracias a mi trabajo tuve mi primera tarjeta de video decente a precio de hay-que-vender-esto-porque-lo-devolvieron-sin-caja. Eso se traducía en internet a 128kbps (¡y sin caídas, y sin ocupar el teléfono!) y una ATI de 128mb. Lo cual a su vez se traducía en Diablo 2, y Call of Duty 2 Multiplayer. Lo que finalmente nos da un resultado de unas 5 horas de sueño diarias.

Lo poco que tengo de ninja lo aprendí en esa época, levantándome a las 8 de la mañana un sábado o un domingo, intentando no despertar al resto de mi familia porque aún vivía con ellos, duchándome, guardando el almuerzo que mi madre me había preparado el día anterior, y saliendo a trabajar. Los sábados no se notaba tanto, pero los domingos, esperando en el paradero a que pasara la micro, era algo absolutamente palpable. No había nadie en la calle. Nunca. Menos una mañana como hoy, después de casi dos días de lluvia, con mucho frío y humedad. Podías sentir que eras la única persona levantando al país de la crisis. O el último sobreviviente de un apocalipsis zombie, una de dos.

Era la época de las micros amarillas, cacharros viejos, ruidosos y contaminantes con conductores analfabetos y mafiosos. Tenía que pagar dos pasajes completos, uno para llegar a Providencia, y después otro para llegar al Parque Arauco o al Alto las Condes, donde trabajaba en aquella época. En un día normal eso era una hora, quizás hora y media de viaje. Un domingo por la mañana el trayecto podía hacerse, fácilmente, en 25 minutos, a manos de un conductor hasta las cejas de café mezclado con vaya a saber qué.

Los primeros años fui vendedor. Eso es relativamente fácil cuando uno no tiene muchas expectativas, moderadamente difícil si tienes la menor intención de hacer bien tu trabajo, por muy poco que te guste. No solamente se trata de convencer a alguien que lo que tu vendes es lo más importante y valioso en la faz de la tierra, sino que además hacerle sentir la urgencia y necesidad imperiosa de comprarlo en ese minuto, cueste lo que cueste. Suena mucho mas fácil de lo que realmente es.

Porque además tienes que agregar la idiotez generalizada que empapa la gente que entra una tienda. No importa lo inteligentes que sean o la cantidad de títulos universitarios, algo hay en el aire de los mall que los reduce a su mínima expresión, y termina entrando a preguntar si vendíamos cable wi-fi, tarjetas de red de ip fija, o cuando eran víctimas de dos vendedores crueles y ociosos, preguntando si realmente existía un cable usb que conectaba el laptop con el microondas, como el que estábamos mencionando entre nosotros (muahahahaha).

Y finalmente, hay que considerar la ubicación geográfica. O, más específicamente, geoeconómica. Afortunadamente, nunca he sentido el resentimiento y odio profundo que he visto en mucha gente hacia la clase social alta de este país, sólo por pertenecer a ella. No me molesta mayormente que tengan mucho dinero, que sus vacaciones los lleven a lugares exóticos, o como decía mi abuela, el buen pasar que tengan. Por un lado porque no son cosas que valore hasta el punto de la envidia, por otro porque he conocido a suficientes de ellos como para saber que no son más felices que yo. Sin embargo, a muchos de ellos eso les despierta antiguos genes medievales aristocráticos, ocultos hace muchos siglos de iluminación y libre mercado, que terminan expresando en forma de desprecio, soberbia y prepotencia brutal contra las personas que ofrecen un servicio al otro lado del mostrador. O sea, en ese caso, nosotros. Not funny.

Los últimos años tenía la responsabilidad de abrir la tienda, abrir caja, y ser responsable de ella hasta la mitad del día, cuando llegaba la cajera oficial. El exceso de estrés y responsabilidad que eso implicaba no significaba más dinero, pero sí me libraba de ciertas incomodidades de ser un vendedor a secas, como pelearse los clientes que entran o tener que aguantar a los que sabes que están pasando el rato y no tienen intención alguna de comprar algo. Oh sí, por si no lo sabías, uno los huele a tres metros cuando estás trabajando en el rubro.

La sensación de vivir fuera del ritmo del resto de todo el mundo se hacía mucho mas evidente ahí. Cuando uno trabajaba en lugar de estar perdiendo el tiempo un fin de semana como todo el resto, cuando uno tenía que almorzar después de las 3 o 4 de la tarde porque antes de eso era el punto álgido de clientes y además el patio de comidas estaba a rebosar. Cuando veías gente comprando alegremente cosas mucho, mucho mas caras que tu sueldo completo a fin de mes (de nuevo aclaro, lo digo con resentimiento, sino con lo sorprendente que era el hecho en sí) sin pestañear y sin cuotas. Cuando veías que la marea de público empezaba a decaer, a eso de las 8 de la tarde, mucho antes si era domingo, y tú todavía tenías que estar ahí. A las 9 cerraban las grandes tiendas y veías cómo los equipos de limpieza y servicios del mall empezaban a trabajar, y tu todavía estabas allí, esperando a algún cliente rezagado que quisiera comprar una Playstation 2 a esa hora (never happened). Hasta que daban las 10, y podías cerrar la cortina, espera a que se hiciera caja y estuviera en orden, y finalmente salir del mall, caminar hasta donde pasaban las micros, mientras cruzaba los dedos porque la 614 aún estuviera pasando a esa hora porque por el precio de un sólo pasaje me dejaba a dos cuadras de mi casa.

Aprendí a dormir arriba de las micros en esa época. Excepto cuando trabajaba en Plaza Norte y el recorrido atravesaba dos barrios con abundantes narcos, ladrones, y cosas aún peores. No era buena idea quedarse dormido ahí, y tampoco lo era mirar mucho así que me dedicaba a leer. Cinco días a la semana, hora y media de lectura, los libros me duraban una semana, a veces menos. Después cuando cambié de barrios me ponía audífonos, encendía la radio del walkman (ya habían discman en esa época, pero no para mí) para no escuchar el ruido tuberculoso del motor de la micro, y antes de llegar a Escuela Militar ya estaba durmiendo. En esa época desarrollé el super poder de despertar una cuadra antes de tener que bajarme. Y por casualidades de esa vida, esa cuadra antes es la misma cuadra donde cinco años después junto a la novia que me aguantó todos esos horarios y fines de mes en quiebra, terminé comprando el departamento desde donde escribo esto.

Fue en esa época y en esos momentos, cuando un domingo por la noche llegaba hecho pebre a la casa de mi madre, con hambre, dolor de pies, sueño, y sabiendo que la semana no estaba terminando sino que empezaba al día siguiente y que ibas a estar en pié dentro de 8 horas y en clases, cuando entendí el viejo dicho con cierto tufo fascistoide de que el trabajo dignifica. Porque pese a todas las penurias, que no eran pocas, sentías la satisfacción de estar haciendo algo por tu vida.


Ver Early Morning en un mapa ampliado

viernes, diciembre 31, 2010

Nothing to say pt 2



No estaba seguro pero revisé, y ya había usado este título antes. Lo cual técnicnamente no es ninguna sorpresa por el significado en sí del asunto, pero aún así me hace gracia.

Con el tiempo, y una inevitable, constante y relativamente molesta tendencia a la introspección, me he dado cuenta de alguna de mis manías. Sé, por ejemplo, que no debo prestarme atención a mi mismo o a mi linea de pensamiento cuando no he dormido lo suficiente; suele ser igual de alegre que Radiohead Unplugged. También sé que cuando veo algún producto, generalmente con botones, caro y con puerto USB y todas mis neuronas claman por comprarlo, debo darme media vuelta, caminar lejos y pensar en ello.

Lo divertido es que hasta el día de hoy nunca me había dado cuenta de que cuando no escribo nada durante más de un par de días, mi mente se pone gruñona.

Eso no es lo mismo que yo me ponga gruñón. No me pongo a patear piedras ni dar portazos, ni le grito a nadie. Mi mente se pone gruñona. Eso se traduce en que no me dan ganas de dar vueltas por TV Tropes o Wikipedia, y almaceno películas y series en mis discos duros sin ganas de verlas.

Hasta ahora había pensado era simplemente aburrimiento, o que quizás que demasiado tiempo delante del PC me bloqueaba. Ahora me doy cuenta de la herejía que ese pensamiento implica, eso de pensar en que podría haber algo mal en eso de no pasar más de 10 minutos sin un PC delante.

No hace falta que aclare eso sí, que cuando menciono la necesidad de escribir, no estoy hablando de ideas concretas, desarrolladas y terminadas. Eso es lo que deberia hacer, pero aún no logro. Aunque, debo admitir, creo estar cada vez más cerca de ello.

Escribo pequeños párrafos. A veces incluso una página completa. Nunca más de dos. Y siempre son ideas, fragmentos, semillas de algún concepto más grande que espero, con todas mis fuerzas, saber algún dia contextualizar y desarrollar.

Son muchas las cosas que me llevan a escribir esos pequeños chispazos. El constante y caótico diálogo conmigo mismo que es lo que estoy haciendo cuando no estoy hablando ni estoy concentrado en algo, o a veces es un juego, o una serie, o película. A veces un libro. Los cientos de notas que tengo, todas parten de algo así. Incluso ahora que estoy soñando en serio, como Lovecraft siempre mencionó, he logrado que sea un sueño lo que me produzca a escribir algo.

Y hoy me pasó algo curioso; algo que nunca antes me había sucedido.

Por lo general, cuando leo algo que escribí hace algún tiempo, siento vergüenza sobre ello. Es una especie de verguenza ajena, una incomodidad, como cuando uno escucha el sonido real de su propia voz o se ve en fotos tomadas hace algunos años. Eso fue lo que me impulsó a reescribir "La Sombra en los Tejados" (bueno, eso y que realmente estaba mal escrito), y también lo que me hace a veces tan difícil revisar mis apuntes antiguos para ver qué útil puedo sacar de ello.

Esta vez, por el título de esta entrada, se me ocurrió que ya que estaba haciendo una segunda entrada con el mismo título sería decente leer la entrada anterior, por curiosidad. Lo primero que me sorprendió fue que lo escribí hace más de dos años, cuando recién estaba viviendo en la Ñoñocueva.

Lo segundo, y esto es lo más importante, fue que me gustó lo que escribí. No sólo el contenido, lo que es bueno porque significa y valida el hecho de que realmente me siento cómodo en ser como soy, algo que es muchísimo más importante de lo que suena. Pero también es el estilo en el cuál lo escribí. No quisiera adelantarme ni exagerar, pero creo estar en lo cierto al entender que puedo identificar mi propio estilo en la forma en cómo escribo.

¿Por qué esto es tan importante para mí?

Porque tenía unos 11 años la primera vez que escribí algo, y mi madre dijo que escribía bien. No fue hasta los 15 que volví a escribir, y los amigos que tenía en esa época me dijeron que escribía bien. Alrededor de los 18 años la mujer de mi vida leyó todas las cosas que sentía por ella y que puse por escrito porque era muy torpe como para verbalizar las palabras adecuadas, y ella también me dijo que escribía bien.

Sin embargo no ha sido hasta ahora, a los 30 años, el último día del 2010, donde yo leo algo y me digo, a mi mismo, que escribo bien.

Me pregunto qué consecuencias puede traer esto...

P.D.: La vista desde el balcón, 2 años y un terremoto después.