La última vez que escribí mencioné el no tener suficiente valor, o decisión, o incluso amor propio en cuanto a lo que uno piensa, para escribirlo.
Esta vez es distinto.
Hay veces que se me ocurre algo, o pienso sobre algo, y creo que podría escribir sobre ello. Pero entonces me parece que no debería escribir sobre eso a la rápida, que debería dedicarle tiempo, quizás reservarlo para un momento más importante. Y el problema es que lo que sea que es, no se escribe. Y eso es algo mucho peor.
Here we go.
Cuando era pendejo, a los 15 o 16 años, veía la vida en blanco y negro. No es ninguna novedad para cualquiera que haya vivido esos años y luego reflexionado sobre ello. A la mayor parte de la gente le pasa. Uno a esa edad necesita absolutos, certezas, cosas definidas, nada a medias.
Y entre todas esas cosas, una de las certezas en las cuales basé gran parte de mi personalidad era en la idea de ser genuino. No me refiero a intentar ser original o distinto de los demás. Me refiero a ser fiel a uno mismo, a no cambiar nunca. O eso creía al menos.
Ahora puedo ver que hasta mucho tiempo después no fui realmente fiel a mi mismo; era fiel a la idea que tenía yo de lo que debía ser yo mismo. Afirmaba cosas y hablaba en contra de otras que en realidad, no sentía del todo. Me costaron muchos años llegar a aceptarlo y dejar de comportarme de ese modo. To break the habit. Fui mucho más feliz cuando lo hice.
Pero desde mi punto de vista de 15 años, no cambié realmente. El pendejo de 15 que aún vive en un rincón de mi mente piensa que me vendí al sistema, me dejé ganar, el junco dejó de estar en pie. El pendejo de 15 no considera la posibilidad de que uno cambie porque eso significa que deja de ser fiel a uno mismo y se transforma en algo falso. El pendejo de 15 se enorgullece de no cambiar después de otros 15 años, de seguir siendo el mismo. He conocido gente que sigue siendo igual de lo que era hace 15 años. Orgullo no suele ser una palabra en la que piense cuando los veo.
Si uno lo piensa friamente, esa fe ciega en que el cambio es malo desde esa edad suena como el fruto de una oscura conspiración diseñada para que quienes se infecten con esa idea en la juventud no lleguen a ser nada más ni evolucionar en ninguna forma con el paso de los años, siempre en lucha consigo mismo. La primera vez que se me ocurrió eso pensé que sería una buena historia para un cuento. El cuento sigue donde mismo desde hace años.
Pero entonces uno tiene esa idea de haberse traicionado a si mismo. Y me refiero estrictamente al concepto de idea, como concepto, como algo abstracto. No sabe muy bien definir por qué. Cuando eso me sucedió intenté explicarme a mi mismo mi nuevo yo de 30 años. El por qué hago lo que hago y cómo eso sigue siendo no solo igualmente válido, sino que además es valioso. Algo mejor.
Creo haberlo conseguido. Haber hecho las paces con mi viejo yo. Al menos la mayor parte del tiempo.
Porque a veces vivo un día como el de hoy, donde voluntariamente me dirijo a un mall, y voy y me compro ropa de marca, y uso una tarjeta para pagar, y luego compro algo para comer, y luego llego a mi casa en auto (aunque no sea ni el mio, ni lo conduzca yo). Y me acuerdo no sólo del pendejo de 15 sino que el de 22, no hace tanto tiempo. Aquel que odiaba el mall no como lo puede hacer un resentido que anhela comprar todo lo que hay dentro pero no puede, sino como sólo puede hacerlo alguien que trabaje allí y pase más horas dentro que fuera. El mismo que viajaba casi una hora en micro para llegar a trabajar. El que llevaba comida desde casa. Y que nunca compraba nada allí, y de hacerlo hubiese sido usando billetes y no plástico.
Eso yo mas reciente no siente odio o desprecio frente a mi yo actual porque en realidad nunca envidió a la gente que podía hacer eso. Había aceptado ya por aquel entonces un hecho fundamental de la vida; hay gente que puede hacer eso, y estar al otro lado del mostrador, y otra gente que no. Por aquel entonces estaba detrás del mostrador, ahora estoy al otro lado. Mi viejo yo siente mas bien asombro por estar del otro lado, y sé que sólo me odiaría si por algún momento olvido el hecho de que quien está al otro lado del mostrador es una persona, un ser humano, probablemente cansado por trabajar largos horarios atendiendo a un montón de gente, durmiendo poco y comiendo mal y deseando estar en cualquier otro lado excepto allí.
Creo que mientras no olvide eso, estaré bien. Incluso tendré todavía el respeto de mi yo de 15. Porque en el fondo sabe que si bien he cambiado con el paso de los años sigo siendo fiel a mi mismo. Pero siempre esta alerta, esperando al más mínimo desvío de mi camino, para patearme en el suelo cuando eso suceda.
Es algo bastante estúpido y a primera vista parece poco probable, pero sucede con muchísima más frecuencia de lo que uno cree.
En mi caso, mi problema es que se me olvida escribir. Y escribir me hace feliz. Le da cierto sentido a mi vida y de paso me deja cierta sensación de plenitud, una especie de aprobación o justificación por el aire que respiro. No sé si tanto como trascendencia pero definitivamente, algo de satisfacción conmigo mismo.
Pero no es el olvido lo único que hace que no escriba. Es la estúpida necesidad de perfeccionismo.
No es el perfeccionismo común y corriente que siente mucha gente normal y el resto de la población que sufre TOC en un grado u otro. Es algo mucho más tonto. Es algo que a la gente mayor le pasa, por ejemplo, con las fotos.
En el pasado, y estoy hablando de hace unos 50 años atrás, sacar una foto era algo difícil, caro y complicado. Para empezar no cualquiera podía hacerlo, y no todos tenían las máquinas para hacerlo, uno tenía que ir a un lugar específico para hacerlo. Así que era común que las fotos fueran algo familiar (aprovechar a meter la mayor cantidad de gente posible por el mismo precio, imagino yo), y como todo lo familiar especialmente antaño, tenía un caracter aparatoso, tensional y complicado. Y era un evento único, difícilmente repetible. Por lo que uno tenía que ir bien peinado, con la ropa buena, y sonreir en la foto.
Actualmente las fotos ya no son una ceremonia aparatosa. Actualmente casi cualquier cosa es capaz de sacar una foto, y todas las que quieras, y las puedes ver instantáneamente. Si no te gusta la repites, si tampoco te gusta la retocas, y cuando quedas conforme la puedes compartir con todo el mundo. A los viejitos todavía les cuesta entender eso y a uno le dicen cosas como "peinate" o "arreglate" antes de sacar una foto, para ellos no tiene el caracter de lo casual.
Y no pasa con las fotos solamente, también pasa por ejemplo con los correos. Es algo que viene de una época donde el papel era caro, uno escribía a mano y no podía equivocarse, y los mensajes tardaban varios días, semanas o meses en llegar al destinatario. Ahora que, nuevamente, casi cualquier cosa electrónica es capaz de mandar un mensaje ya sea por SMS o correo o chat o lo que sea, y uno tipea y luego borra y luego vuelve a tipear, y envía, y si se equivoca envía otra vez y a uno le responden inmediatamente y si no lograste enviar la idea a la primera la escribes de nuevo y ahí si, funcionó, y etc.
Y yo, pese a no haberme criado en una época en el que el papel era caro o escaso (pero si donde uno escribía a mano principalmente) me sigue complicando eso de escribir. Pienso y repienso cada frase, cada párrafo, como si este fuese a quedar impreso en piedra y toda la humanidad fuera a juzgarme por lo que allí escribí, y mi vida misma dependiera del resultado. Aún me cuesta simplemente escribir.
Sólo hace unos años logré superar el otro problema que para mi implicaba escribir, que era el de releer y corregir. Durante años tenía esa idea un tanto estúpida de que todo lo que escribía por ser fruto de la inspiración era algo precioso, perfecto e intocable. Fue Stephen King el que en uno de sus libros me terminó por convencer de que en realidad lo que uno escribe así, de buenas a primeras, suele ser una mierda mal procesada y redactada a duras penas fruto de un vómito mal digerido del subconsciente que apenas tiene forma y contenido, y que uno tiene que después agarrar, arreglar, maquillar, borrar (oh Dios mío, borrar) y corregir antes de ser mínimamente presentable.
Y sin embargo a pesar de haber superado eso, sigo enfrentándome al problema de que si voy a escribir eso tiene que ser perfecto y merecedor de ser leído. La segunda parte de la idea es la que también complica, "merecedor". Porque eso depende mucho de mi estado de ánimo y cómo ande de autoestima ese día. La mayor parte del tiempo tengo una seguridad bastante débil y titubeante de que si, lo que escribo o llegue a escribir va a tener cierta calidad e importancia, y revestirá interés a quien lo pille. Pero el resto del tiempo suelo terminar, releer y pensar que es una asquerosa bazofia, un pseudoplagio, pastiche de media docena de otras historias, películas o series que haya visto, y que no aportan nada y carecen por completo de interés.
Luchando contra eso, es por lo que termino pasando meses sin actualizar esto y años sin terminar la veintena de relatos que tengo a medio camino.
Por eso hoy quise escribir así como así, sabiendo que es algo imperfecto, sabiendo que estaba escribiendo mal ni siquiera al releer sino que mientras tipeaba. Y me debe importar un carajo, así que así se queda.
Hace no tanto tiempo, y durante muchos años, trabajaba los fines de semana. Todos los fines de semana. La idea quizás le parezca un poco rara a gente que no vive en Chile, donde hay horarios menos esclavizantes y mayor calidad de vida. Y más desempleo también, pero qué se le va a hacer, una cosa por la otra.
Los primeros años fueron difíciles, yo era aún un niño, cosa que es fácil decir ahora y me hace sentir bastante viejo pero que en aquella época no estaba tan claro para mí, que aún vivía los últimos coletazos de la arrogancia adolescente de saberlo todo. La parte difícil era llegar a casa un viernes por la noche, pasar por Vicuña con Irarrázabal, y ver como mucha gente se estaba empezando a preparar para la noche y tu tenías que llegar a dormir para levantarte temprano al día siguiente. Más o menos a la misma hora que estoy escribiendo esto, de hecho, pero en una situación completamente diferente. Veía gente entrando a la disco, o camino a Plaza Ñuñoa. Me bajaba de la micro entre gente con su mejor pinta gótica vampiresca que iba al Baleduc, y caminaba hacia mi casa oprimido por la injusticia de la vida y cómo yo era víctima de todo lo malo que tenía la sociedad. ¿Ven? A eso me refiero con coletazos de la adolescencia.
Con el tiempo las cosas mejoraron, o mejor dicho, mi actitud empezó a ser distinta. Porque en realidad empeoraron un poco; hasta ese momento sólo trabajaba los sábados. Y hasta mediodía. Ocasionalmente me tocó algún domingo que otro, pero era poco común. Pero para mi era el mismo purgatorio, por eso la vida decidió sacarme la auto compasión y complejo de víctima a patadas, y al cabo de un tiempo y después de unas breves vacaciones universitarias, empecé a trabajar en un mall, sábado y domingo, todo el día. Y a una hora y media de mi casa.
Mi actitud empezó a cambiar más o menos un año después de vivir así. El argumento se complica en este punto porque ya no sólo trabajaba los fines de semana. Antes tenía dos días libres a la semana, para compensar, y dos domingos libres por ley. Eso fue hasta que me puse a estudiar. Y trabajar a medio tiempo, para poder pagar parte de mis estudios. Eso se tradujo en estudiar de lunes a viernes y trabajar sábado y domingo. Sin días libres. Lo que suena terrible, por cierto, pero fue lo único que realmente me hizo madurar, dejar de ser un niño mimado y estúpido y empezar a valorar las cosas tal como son. Bueno, eso y después casi estirar la pata en un hospital, pero eso es otra historia.
Recuerdo estar cansado, todo el tiempo. Cuando tenía vacaciones en el instituto técnico donde estudiaba, solía emplear ese tiempo en trabajar. Porque era joven y necesitaba el dinero, como se suele decir, y porque las vacaciones eran buenos momentos para trabajar en una tienda en un mall en un país donde la gente compra la diversión y el escape al aburrimiento porque es incapaz de hacer esas dos cosas por sí sólo. Además, y para qué vamos a mentir en este punto, tampoco me acostaba muy temprano por aquel entonces. Eran los primeros pasos de la banda ancha, la cual me podía permitir pagar, y gracias a mi trabajo tuve mi primera tarjeta de video decente a precio de hay-que-vender-esto-porque-lo-devolvieron-sin-caja. Eso se traducía en internet a 128kbps (¡y sin caídas, y sin ocupar el teléfono!) y una ATI de 128mb. Lo cual a su vez se traducía en Diablo 2, y Call of Duty 2 Multiplayer. Lo que finalmente nos da un resultado de unas 5 horas de sueño diarias.
Lo poco que tengo de ninja lo aprendí en esa época, levantándome a las 8 de la mañana un sábado o un domingo, intentando no despertar al resto de mi familia porque aún vivía con ellos, duchándome, guardando el almuerzo que mi madre me había preparado el día anterior, y saliendo a trabajar. Los sábados no se notaba tanto, pero los domingos, esperando en el paradero a que pasara la micro, era algo absolutamente palpable. No había nadie en la calle. Nunca. Menos una mañana como hoy, después de casi dos días de lluvia, con mucho frío y humedad. Podías sentir que eras la única persona levantando al país de la crisis. O el último sobreviviente de un apocalipsis zombie, una de dos.
Era la época de las micros amarillas, cacharros viejos, ruidosos y contaminantes con conductores analfabetos y mafiosos. Tenía que pagar dos pasajes completos, uno para llegar a Providencia, y después otro para llegar al Parque Arauco o al Alto las Condes, donde trabajaba en aquella época. En un día normal eso era una hora, quizás hora y media de viaje. Un domingo por la mañana el trayecto podía hacerse, fácilmente, en 25 minutos, a manos de un conductor hasta las cejas de café mezclado con vaya a saber qué.
Los primeros años fui vendedor. Eso es relativamente fácil cuando uno no tiene muchas expectativas, moderadamente difícil si tienes la menor intención de hacer bien tu trabajo, por muy poco que te guste. No solamente se trata de convencer a alguien que lo que tu vendes es lo más importante y valioso en la faz de la tierra, sino que además hacerle sentir la urgencia y necesidad imperiosa de comprarlo en ese minuto, cueste lo que cueste. Suena mucho mas fácil de lo que realmente es.
Porque además tienes que agregar la idiotez generalizada que empapa la gente que entra una tienda. No importa lo inteligentes que sean o la cantidad de títulos universitarios, algo hay en el aire de los mall que los reduce a su mínima expresión, y termina entrando a preguntar si vendíamos cable wi-fi, tarjetas de red de ip fija, o cuando eran víctimas de dos vendedores crueles y ociosos, preguntando si realmente existía un cable usb que conectaba el laptop con el microondas, como el que estábamos mencionando entre nosotros (muahahahaha).
Y finalmente, hay que considerar la ubicación geográfica. O, más específicamente, geoeconómica. Afortunadamente, nunca he sentido el resentimiento y odio profundo que he visto en mucha gente hacia la clase social alta de este país, sólo por pertenecer a ella. No me molesta mayormente que tengan mucho dinero, que sus vacaciones los lleven a lugares exóticos, o como decía mi abuela, el buen pasar que tengan. Por un lado porque no son cosas que valore hasta el punto de la envidia, por otro porque he conocido a suficientes de ellos como para saber que no son más felices que yo. Sin embargo, a muchos de ellos eso les despierta antiguos genes medievales aristocráticos, ocultos hace muchos siglos de iluminación y libre mercado, que terminan expresando en forma de desprecio, soberbia y prepotencia brutal contra las personas que ofrecen un servicio al otro lado del mostrador. O sea, en ese caso, nosotros. Not funny.
Los últimos años tenía la responsabilidad de abrir la tienda, abrir caja, y ser responsable de ella hasta la mitad del día, cuando llegaba la cajera oficial. El exceso de estrés y responsabilidad que eso implicaba no significaba más dinero, pero sí me libraba de ciertas incomodidades de ser un vendedor a secas, como pelearse los clientes que entran o tener que aguantar a los que sabes que están pasando el rato y no tienen intención alguna de comprar algo. Oh sí, por si no lo sabías, uno los huele a tres metros cuando estás trabajando en el rubro.
La sensación de vivir fuera del ritmo del resto de todo el mundo se hacía mucho mas evidente ahí. Cuando uno trabajaba en lugar de estar perdiendo el tiempo un fin de semana como todo el resto, cuando uno tenía que almorzar después de las 3 o 4 de la tarde porque antes de eso era el punto álgido de clientes y además el patio de comidas estaba a rebosar. Cuando veías gente comprando alegremente cosas mucho, mucho mas caras que tu sueldo completo a fin de mes (de nuevo aclaro, lo digo con resentimiento, sino con lo sorprendente que era el hecho en sí) sin pestañear y sin cuotas. Cuando veías que la marea de público empezaba a decaer, a eso de las 8 de la tarde, mucho antes si era domingo, y tú todavía tenías que estar ahí. A las 9 cerraban las grandes tiendas y veías cómo los equipos de limpieza y servicios del mall empezaban a trabajar, y tu todavía estabas allí, esperando a algún cliente rezagado que quisiera comprar una Playstation 2 a esa hora (never happened). Hasta que daban las 10, y podías cerrar la cortina, espera a que se hiciera caja y estuviera en orden, y finalmente salir del mall, caminar hasta donde pasaban las micros, mientras cruzaba los dedos porque la 614 aún estuviera pasando a esa hora porque por el precio de un sólo pasaje me dejaba a dos cuadras de mi casa.
Aprendí a dormir arriba de las micros en esa época. Excepto cuando trabajaba en Plaza Norte y el recorrido atravesaba dos barrios con abundantes narcos, ladrones, y cosas aún peores. No era buena idea quedarse dormido ahí, y tampoco lo era mirar mucho así que me dedicaba a leer. Cinco días a la semana, hora y media de lectura, los libros me duraban una semana, a veces menos. Después cuando cambié de barrios me ponía audífonos, encendía la radio del walkman (ya habían discman en esa época, pero no para mí) para no escuchar el ruido tuberculoso del motor de la micro, y antes de llegar a Escuela Militar ya estaba durmiendo. En esa época desarrollé el super poder de despertar una cuadra antes de tener que bajarme. Y por casualidades de esa vida, esa cuadra antes es la misma cuadra donde cinco años después junto a la novia que me aguantó todos esos horarios y fines de mes en quiebra, terminé comprando el departamento desde donde escribo esto.
Fue en esa época y en esos momentos, cuando un domingo por la noche llegaba hecho pebre a la casa de mi madre, con hambre, dolor de pies, sueño, y sabiendo que la semana no estaba terminando sino que empezaba al día siguiente y que ibas a estar en pié dentro de 8 horas y en clases, cuando entendí el viejo dicho con cierto tufo fascistoide de que el trabajo dignifica. Porque pese a todas las penurias, que no eran pocas, sentías la satisfacción de estar haciendo algo por tu vida.
No estaba seguro pero revisé, y ya había usado este título antes. Lo cual técnicnamente no es ninguna sorpresa por el significado en sí del asunto, pero aún así me hace gracia.
Con el tiempo, y una inevitable, constante y relativamente molesta tendencia a la introspección, me he dado cuenta de alguna de mis manías. Sé, por ejemplo, que no debo prestarme atención a mi mismo o a mi linea de pensamiento cuando no he dormido lo suficiente; suele ser igual de alegre que Radiohead Unplugged. También sé que cuando veo algún producto, generalmente con botones, caro y con puerto USB y todas mis neuronas claman por comprarlo, debo darme media vuelta, caminar lejos y pensar en ello.
Lo divertido es que hasta el día de hoy nunca me había dado cuenta de que cuando no escribo nada durante más de un par de días, mi mente se pone gruñona.
Eso no es lo mismo que yo me ponga gruñón. No me pongo a patear piedras ni dar portazos, ni le grito a nadie. Mi mente se pone gruñona. Eso se traduce en que no me dan ganas de dar vueltas por TV Tropes o Wikipedia, y almaceno películas y series en mis discos duros sin ganas de verlas.
Hasta ahora había pensado era simplemente aburrimiento, o que quizás que demasiado tiempo delante del PC me bloqueaba. Ahora me doy cuenta de la herejía que ese pensamiento implica, eso de pensar en que podría haber algo mal en eso de no pasar más de 10 minutos sin un PC delante.
No hace falta que aclare eso sí, que cuando menciono la necesidad de escribir, no estoy hablando de ideas concretas, desarrolladas y terminadas. Eso es lo que deberia hacer, pero aún no logro. Aunque, debo admitir, creo estar cada vez más cerca de ello.
Escribo pequeños párrafos. A veces incluso una página completa. Nunca más de dos. Y siempre son ideas, fragmentos, semillas de algún concepto más grande que espero, con todas mis fuerzas, saber algún dia contextualizar y desarrollar.
Son muchas las cosas que me llevan a escribir esos pequeños chispazos. El constante y caótico diálogo conmigo mismo que es lo que estoy haciendo cuando no estoy hablando ni estoy concentrado en algo, o a veces es un juego, o una serie, o película. A veces un libro. Los cientos de notas que tengo, todas parten de algo así. Incluso ahora que estoy soñando en serio, como Lovecraft siempre mencionó, he logrado que sea un sueño lo que me produzca a escribir algo.
Y hoy me pasó algo curioso; algo que nunca antes me había sucedido.
Por lo general, cuando leo algo que escribí hace algún tiempo, siento vergüenza sobre ello. Es una especie de verguenza ajena, una incomodidad, como cuando uno escucha el sonido real de su propia voz o se ve en fotos tomadas hace algunos años. Eso fue lo que me impulsó a reescribir "La Sombra en los Tejados" (bueno, eso y que realmente estaba mal escrito), y también lo que me hace a veces tan difícil revisar mis apuntes antiguos para ver qué útil puedo sacar de ello.
Esta vez, por el título de esta entrada, se me ocurrió que ya que estaba haciendo una segunda entrada con el mismo título sería decente leer la entrada anterior, por curiosidad. Lo primero que me sorprendió fue que lo escribí hace más de dos años, cuando recién estaba viviendo en la Ñoñocueva.
Lo segundo, y esto es lo más importante, fue que me gustó lo que escribí. No sólo el contenido, lo que es bueno porque significa y valida el hecho de que realmente me siento cómodo en ser como soy, algo que es muchísimo más importante de lo que suena. Pero también es el estilo en el cuál lo escribí. No quisiera adelantarme ni exagerar, pero creo estar en lo cierto al entender que puedo identificar mi propio estilo en la forma en cómo escribo.
¿Por qué esto es tan importante para mí?
Porque tenía unos 11 años la primera vez que escribí algo, y mi madre dijo que escribía bien. No fue hasta los 15 que volví a escribir, y los amigos que tenía en esa época me dijeron que escribía bien. Alrededor de los 18 años la mujer de mi vida leyó todas las cosas que sentía por ella y que puse por escrito porque era muy torpe como para verbalizar las palabras adecuadas, y ella también me dijo que escribía bien.
Sin embargo no ha sido hasta ahora, a los 30 años, el último día del 2010, donde yo leo algo y me digo, a mi mismo, que escribo bien.
Me pregunto qué consecuencias puede traer esto...
P.D.: La vista desde el balcón, 2 años y un terremoto después.
Me acabo de dar cuenta de que hace más de 3 meses que no escribo nada acá. Y que hace más de siete meses que tengo abandonado el otro blog donde pretendía postear narrativa.
Esta vez le voy a echar la culpa a Fallout New Vegas. Aunque haya salido recién en Octubre.
Por si alguien se lo pregunta, no olvido el hecho de que tengo blogs. Tampoco olvido escribir. Escribo algo, por lo general, todos los días. A veces son dos o tres líneas, otras veces hasta una o dos páginas.
Pero hay una diferencia entre esbozar ideas y escribir propiamente tal. Para lo primero sólo se necesita una inspiración fugaz. Para lo segundo hace falta dar sentido, orden, y otro montón de cosas que implican estar muy concentrado en una sola cosa. Y por supuesto, tener la Xbox apagada.
No solamente los juegos me distraen, por cierto. También están las películas. Y la docena de series de TV que sigo, sin tener una TV propiamente tal. Gracias, Torrent.
Cada vez que veo los favoritos hacia mi blog, siento una punzada de culpabilidad. No sólo en relación a quien sea que lea esto. Principalmente a mí mismo. ¿Por qué no hago nada al respecto? Probablemente por la misma razón que a veces siento que me vendría bien estar un poco más delgado pero no dejo de comer ni levanto el trasero para ejercitarme. O cuando recuerdo que debería aprender a hacer algo pero cuando finalmente empiezo a investigar me distraigo a los 3 minutos. O cuando me doy cuenta que hace más de un mes que debería haber ido al dentista. O a cualquier médico, ya que estamos.
No pretendo encaminar esto a una lista de propósitos para el nuevo año que viene. No, antes de ponerme a creer en ese tipo de costumbres me hago UDI, Opus Dei y vegetariano.
Simplemente, quería articular algo que decir. Sigue sintiéndose bien hacer eso. Debería hacerlo más a menudo.
Como todo adolescente, pasé por esa época en la cual sientes el deber de luchar contra todo y contra todos. Es una edad que uno debiera recordar con un poco de vergüenza pero también con orgullo y nostalgia. Es cuando uno se da cuenta de que el mundo no está bien, y siente que debe cambiarlo.
Ahora que soy más viejo creo que el mundo sigue sin estar bien pero también pienso que no es algo que deba de ser cambiado. No en el sentido revolucionario inmediato y violento que uno cree que es correcto, al menos.
Pero es difícil deshacerse de la sensación de estar traicionando todo en lo que alguna vez uno creyó, y aún peor, traicionarse a sí mismo.
Uno se dice "pero es que uno con el tiempo cambia" pero una parte de ti no puede dejar de pensar que eso suena como una excusa. Y se pregunta si acaso el mundo lo cambió a uno cuando se dio cuenta de que no tenía el valor ni la fuerza para cambiarlo. O quizás la mentira, la conspiración sin líderes sea hacer que uno se sienta lo suficientemente arrogante como para pensar que una persona tiene, alguna vez en su vida, ese valor o fuerza. Sí, claro que la historia te nombra un montón de personas que fueron capaces. Pero el tiempo te da herramientas que te permiten cuestionar la misma validez de esas biografías tan cinematográficas y ves las fallas y las monstruosidades de esas personas que "cambiaron el mundo".
Las cosas siempre se hacen complicadas cuando uno se hace viejo, y la simplicidad que tenía cuando se era joven desaparece y se confunde con la inocencia ignorante.
En algún punto de mi vida se produjo una inflexión, en la que encontré más valor no en cambiar al mundo sino en cambiarme a mí mismo. Me di cuenta de que en realidad no era un joven lleno de fuerza, auténtico y libre de influencias, ya desde mi auto concepción tenía dogmas y reglas que atentaban contra mí mismo y que estaban tan erradas como la viga en el ojo ajeno, simplemente por ser distintas parecían no estar ahí.
Fue entonces cuando decidí que si no era capaz de cambiar el mundo, al menos podría tener el valor de cambiarme a mí mismo. De que las revoluciones violentas son igual de malignas y dañinas que el régimen que intentaban abolir, y que la única esperanza de cambio real es la que ejerces tu mismo en tu vida, y por esa acción vas propagando una nueva forma de entender las cosas en las personas a tu alrededor. Y esas personas hacia otras, y que el cambio es lento y progresivo, no sucede durante una vida y que resignarse a que un cambio tarde generaciones no es aceptar una derrota, sino entender más ampliamente el valor y el funcionamiento de la historia.
El rebelde que nunca termina de callarse dentro de mí opina que esa es una bonita forma de esquivar el bulto, de aceptar la derrota sin decirlo en voz alta, y escudarse en un resultado que jamás podrás ver ni vivir porque si llega a funcionar o no, será mucho tiempo después de que mueras.
A veces me gustaría tener unos cuantos rounds a puño limpio con ese rebelde, en un sótano oscuro de un bar donde un fragmento de tu imaginación dicta cuáles son las reglas.
Pero nada de eso cambia cómo han resultado las cosas. Hace muchos años que dejé de ser ese rebelde; aún conservo pelo en mi cabeza aunque cada vez tiene más canas. Veo cómo elementos que pensé piedras fundamentales de mi ser han ido cambiando y en lugar de percibir el proceso como una traición a mi esencia, empiezo a pensar que la traición sería intentar ser alguien que no soy.
Solía decir que dormir era una pérdida de tiempo, era conocido por ser capaz de soportar maratónicas sesiones de gula y en un tiempo aún anterior, era un fundamentalista friki/metalero.
Ahora dormir me parece algo cada vez más atractivo, comer me sigue resultando uno de mis pecados más apetecibles pero he reducido en al menos la mitad la cantidad de lo que puedo comer. Y el fundamentalismo en la música, los libros o las películas me parece algo ridículamente limitante y aburrido.
La rebelión, la lucha, me sigue pareciendo algo noble a lo que dedicar la vida, pero es una batalla completamente interna. Tal como empecé hace tantas semanas hablando en esta entrada, la pelea es contra la parte de mi que no quiere hacer nada, que no quiere esforzarse en producir resultados, que se siente demasiado cansado como para hacer las cosas bien y siente que es una pérdida de tiempo pulir la piedra bruta que veo en mi interior.
Es una lucha en las cuales los bandos se confunden fácilmente. La curiosidad y la pasión obsesiva de cada cosa nueva que encuentro parece ser del bando que quiere hacer cosas nuevas, experimentar el inefable sentimiento de la creación y ese espacio infinito que se siente en la cabeza cuando se enciende la chispa. Pero al poco tiempo de caminar se encuentra con cuentos incompletos, ideas esbozadas a lo largo de más de quinientas páginas de párrafos escritos en apretada letra esperando ser desarrollados y completados en un futuro sin determinar. Libros apilados esperando ser leídos, proyectos en espera antes de ser definidos. Quizás algún día descubriré si esa impaciencia por empezar forma parte del bando de los buenos, o es una oscura estratagema del bando de los malos para dejarme una vez más inmóvil e infértil.
Varias personas, a lo largo de los últimos años, han expresado preocupación ante mi forma de ver la vida. Al parecer el que afirme que soy feliz y al mismo tiempo piense que en la vida la justicia no existe y tampoco Dios, son comúnmente entendidos como elementos contradictorios.
Aclarando cosas:
1) Cuando digo que soy feliz, es porque soy feliz.
2) La vida es injusta, probablemente la existencia no tenga sentido, nada es sagrado per se, y a pesar de todo nada de eso consigue que la vida sea menos digna de ser vivida ni menos hermosa..
Pequeña aclaración: No he basado toda esta forma de ver las cosas en Lovecraft, no fue hasta hace un par de días atrás que me di cuenta que tenía cierta semejanza lejana.
Aclaración secundaria a la pequeña aclaración: Por si alguno de los que me leen no están familiarizados con señor Lovecraft, gran parte de sus obras hablan de horrores cósmicos más allá de nuestro control y comprensión, ante los cuales somos absolutamente indefensos y la única forma de salvarnos, es huir. Correr mucho.
Nota al pie: No es muy difícil entender, llegados a este punto, por qué Hollywood nunca ha podido hacer nada de provecho con las obras de este hombre. Teniendo en cuenta que la mayor parte de la fantasía y ciencia ficción se basan en que alguien completamente normal de repente se le revela que es especial, el único elegido, y una vez que lo acepta, es capaz de el solito derrotar a El Mal, así, en mayúsculas.
Continúo.
En algún punto de nuestra infancia, se nos inculca la idea del pecado, la culpabilidad, y esconder lo malo. Esa es la única razón por la cual el sexo siga siendo algo supuestamente misterioso siendo que basta darle vueltas un par de veces a la idea para comprender que es algo perfectamente natural, y vaya a saber uno por qué todo el mundo hace tanto escándalo con ello.
Se nos enseña que la violencia es mala, que todos los rasgos negativos deben de ser eliminados y si esto no es posible, hay que esconderlos. Que sólo una vida dedicada al cultivo de la virtud es algo digno, y que el espíritu debe de ser puro, el intelecto cultivado, y sólo eso es el bien.
A quien intento engañar, eso no sucede "en algún punto de nuestra infancia", eso es cristianismo destilado, jodiéndole la vida al resto.
Entonces uno sigue la corriente, y cree en que si uno es así de digno y virtuoso la vida será buena con uno, porque eso es lo que dicen las escrituras, y el karma, el equilibro de la tierra, o lo que sea que dicta tu creencia. Y uno vive con todas esas creencias en la cabeza. Pero la vida no funciona así, los buenos no siempre ganan, malas cosas les suceden a gente buena, así como buenas cosas les pasan a mala gente. Cuando uno se da cuenta de esas cosas suele deprimirse mucho. Y busca respuestas. Esa, es mi parte favorita. Algunos se cambian de sistema de creencias después de esto, otros vuelven al sistema original y se meten más a fondo, a ver si así funciona.
Si miras todo ese proceso de lejos, te darás cuenta que no es muy distinto a cómo funciona la adicción a las drogas, o el materialismo. Eso de la sociedad de consumo no consiste sólo en ir al mall los fines de semana, hacemos lo mismo con las creencias.
La gente pasa gran parte de su vida buscando las respuestas a la vida, bajo el supuesto de que la vida tiene respuestas. De que hay una razón para todo.
Porque pensar que la vida no tiene sentido es el caos, es el mal puro, es el fin del mundo. Al menos, eso es lo que algunos me han dicho. Yo no le veo el lado malo.
Sígueme la corriente al menos.
La vida no tiene sentido. Las cosas pasan sin una razón oculta para ello, no existe un plan. Las cosas suceden al azar. Pero eso no quiere decir que uno esté perdido a la deriva. No, uno puede hacer que algunas cosas pasen. Es más, uno hace eso todo el tiempo, pero suele ser bastante miope para comprender el asunto de la causa y el efecto, y termina sin entender por qué le pasan esas cosas a uno.
Es algo fascinante, ver cómo gente que pasa tanto tiempo buscando el por qué de la vida, no se pregunte por qué necesita encontrarle una razón a todo. El que nosotros, como seres humanos, necesitemos interpretar la realidad a través de un sistema de razones, no quiere decir que la realidad objetiva sea un sistema entendible de razones.
¿Cómo puedo ser feliz pensando de esta forma? Es bastante simple, al no esperar que la vida sea como me han enseñado que debe ser (según un sistema de razones para comprender las cosas), no vivo con las decepciones que surgen cuando la vida funciona de una forma en la que uno no esperaba.
Al pensar que la existencia es caótica, estoy mucho más inclinado a aceptar las cosas buenas que suceden, porque me parece una especie de milagro cada vez que algo bueno sale de todo el caos. Y menos inclinado a sufrir por las cosas malas, porque eso ya me lo esperaba, es la configuración por defecto de la realidad.
Esto además resume por qué la gente es más feliz cuando no cree en Dios, por cierto.
En un lugar de mi cabeza, hay un siniestro cementerio gótico donde han ido a morir todas las entradas a este blog que en algún momento imaginé, pero terminé abandonando o desechando. Es un lugar espeluznante y muy, muy poblado.
Si, el hecho de que una parte de mi cerebro tenga un lugar como ese explica por qué no necesito drogas.
Y no, ese no es el lugar más terrorífico poblado por filamentos de mi imaginación. En realidad ese cementerio es lo que ha crecido alrededor de una puerta que lleva directamente al infierno, donde conviven todos los cuentos y relatos en los que pienso al menos una vez al día, pero sobre los que nunca he terminado una maldita historia.
Quedaría muy bien decir que una fría, helada y lluviosa noche como esta fui visitado por el fantasma de una de esas entradas y me obligó a escribir esto. Pero la realidad no es tan melodramática; de hecho es tan aburrida que dejó de llover hace unas tres horas, ahora simplemente hace un frío de mierda.
Lo que me vino a la mente en realidad fue una cita a medio recordar sobre que el mal es cuando uno no hace nada. 5 segundos después Google me dice que la cita completa es ""All that is necessary for the triumph of evil is that good men do nothing." ("Todo lo que se necesita para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada") y es de un tal Edmund Burke. Aunque al parecer ya no están tan seguros de ello. Eso viene a demostrar que la realidad fue mucho más melodramática que mi mala memoria intentando recordar la cita, lo cual es una notable patada metafórica a las gónadas de mi orgullo propio.
Eso y que parte de mi cabeza insistía en confundir esa cita con la de Dumbledore en Harry Potter y la Orden del Fénix, "Ha llegado el momento de elegir entre el bien, y lo que es fácil". Pero no me voy a verificar si la cita es tal como la recuerdo o si le acerté al libro porque sino, jamás terminaré esto.
A lo que voy con todo esto, es que hace unos días iba a escribir acerca de otro aspecto de hacerse viejo (nunca me canso de esto, quizás es una forma de convencerme porque en mi fuero interior no veo que crezca nunca) en relación a que después de todo el camino en el que uno encuentra la forma de ganarse la vida, de tener cierta tranquilidad espiritual y emocional, cuando uno a logrado todo eso al menos momentáneamente, la vida se transforma en algo tranquilo. Quizás hasta monótono, pero no en el mal sentido; es una agradable regularidad, una rutina confortante, no mortificante.
¿Por qué es tan importante hacer la diferencia? Porque cuando era un joven idealista y adolescente solía jurarme a mi mismo que jamás sería una de esas personas atrapadas por la rutina, grises y sin vida. Y ahora que me veo con dividendos y tarjetas de crédito, haciendo compras mensuales al supermercado y con el pelo cada vez más lleno de canas, parte de mi quiere asegurarse de que al menos esa promesa hecha a mi mismo no haya sido rota, como varias otras.
Hablando de ello; muchas de esas promesas han sido rotas con pleno conocimiento de su existencia, y bajo el convencimiento de que en realidad de pendejo era un completo idiota al pensar de cierta forma, que ahora tengo más claridad de juicio y sabiduría, y plenamente consciente de que mi antiguo yo odiaría a mi actual yo.
Pero volviendo a la rutina y la vida gris...
... si bien es cierto que pienso cosas de este tipo todo el tiempo, la idea tomó más cuerpo cuando estaba escuchando una canción de los Fiskales. No se me escapa la ironía de escuchar el disco de una banda punk que en ese momento tenía grabado en un cassette, 10 años después la estaba escuchando en un teléfono celular. Ojo, hablo de ironía, no de culpabilidad.
La letra en cuestión dice "es la necesidad, de calmar la ansiedad, tomando algo que se lleve lejos de mi mente, las miradas, amargadas, de esos adormilados zombies en el Metro. Ocultando tras sus coloridas ropas sus heridas y llenando los cuartos vacíos de sus vidas, con tarjetas que te dan cariño un rato y que te dejan seco y sin saliva (...) yo sólo quiero verme tranquilo a fin de mes riéndome con mis amigos de las cosas que nunca vamos a tener".
En la época en la que escuchaba estas canciones por primera vez (porque las he seguido escuchando todos estos años) mi cabeza tenía bastantes ideas grandilocuentes respecto a revoluciones y cambiar el mundo, cosas enormes en un sentido épico. Ahora tengo más bien la convicción de que una forma de anular a la gente es meterle todas esas ideas en la cabeza, esa convicción de que lo único que vale la pena hacer es algo más grande que uno mismo, algo que cambie todo el mundo.
Sigo creyendo que el mundo no está bien. Pero también creo que la vida no es justa, y pretender que lo sea es negar su esencia. Es intentar aferrarse a una noción infantil que sólo existe cuando se es niño, y el carácter divino de los padres puede poner equidad en la vida y balancear las cosas, pero que desaparece una vez que uno crece y se enfrenta al mundo real. Y que el seguir empeñado en esperar que la vida debe ser justa, no sirve absolutamente de nada. Ahora creo que para cambiar las cosas, no se puede derribar el orden establecido; después de todo por algo se sostiene el sistema. Es imperfecto, es injusto, pero al alternativa siempre es peor. Y para realmente hacer un cambio, se debe cambiar desde adentro, no agarrando una utopía que luce tan bien en la teoría e intentar forzarla en el mundo real. Un repaso ligero a la historia da pruebas de que eso nunca termina bien.
Llegando a estas alturas, me doy cuenta de hasta qué punto he cambiado. Y me interesa no sólo ver hasta donde he traicionado a mi antiguo yo, sino más bien hasta qué punto importa eso, cuáles de mis valores he revisado y cambiado conscientemente, y en cuales simplemente me he cagado.
¿Qué relación tiene esto con la rutina, y con creer cambiar el mundo?
No, no soy un adormilado zombies en el Metro. No intento esconder mis heridas ni comprar la felicidad con tarjetas de crédito. Me preocupo de reconocer y sanar mis heridas, y de recordarme constantemente que todos los juguetes que tengo no son un fin en si mismo, sino que un medio. Saber que en cualquier momento uno puede perderlo todo, y lo único que queda es lo que tienes en tu alma. Y eso debe de ser suficiente para sobrevivir.
Y aún así me he cagado en algunos valores. Pero de eso hablaré en otra ocasión...
Desde donde estoy escribiendo puedo ver una luna casi llena, cada vez que la miro me acuerdo de la noche del terremoto, cuando era la única fuente de luz. Toda la ciudad se veía a oscuras desde mi balcón. No sé cuanto tiempo pasará hasta que la visión de la luna llena no me produzca inquietud.
Hace unas tres semanas parecía imposible que en algún momento, las noticias fueran a hablar de otras cosas que no fueran los daños, las víctimas, los cortes de agua y luz, los saqueos y todas esas cosas que a la larga fueron mucho peor que las réplicas en sí.
Pero la vida sigue, y eso es aún más fácil de decir cuando no fuiste una víctima, sino que tan sólo un participante. Del terremoto en si, nunca me voy a olvidar, eso lo tengo claro. Pero en mi vida diaria no tengo secuelas que me lo vayan a hacer recordar constantemente, no perdí mi casa, no perdí familiares. Al día siguiente ya tenía luz y agua, en menos de una semana volvíamos a tener agua caliente y nunca me faltó comida.
Lo que si tuve durante todos esos días, y probablemente me acompañe durante muchos años más, es la culpa del sobreviviente.
A través de internet veía la tele esos días, veía no sólo los llamados de fuerza y coraje (hay por hoy cualquiera hace llamados por cualquier cosa, a los curas por ejemplo eso les parece fascinante) sino que uno veía las muestras palpables. La señora que se rehusó a saquear, otra mujer que decía que no necesitaba ayuda de nadie, que ella sola iba a levantar su casa y su negocio como siempre lo había hecho toda la vida. Uno se llena de orgullo cuando ve todas esas cosas, pero también siente que cuando hablan de que le pueblo chileno se levanta, no puedes dejar de pensar que tu en realidad nunca te caíste. Lo único difícil de todo esto se hace sentirse orgulloso de ser chileno, de pertenecer al mismo pueblo que esa gente que se cayó y se levantó de nuevo, y al mismo tiempo sentir que eres un farsante porque nada malo te sucedió a ti, y que no tienes derecho a sentirte parte de toda esa gente.
Quizás lo único que realmente nos une a todos, es el miedo.
En lo personal, nunca he tenido miedo de los temblores, y ahora puedo decir que a los terremotos tampoco. Afortunadamente soy de las personas que conservan la calma y actúan de la forma más racional posible, y de hecho me cuesta mucho entender a quienes no reaccionan igual. Después de todo, pienso yo, si tanto miedo le tienen a los terremotos es porque temen por su vida, y si temen por su vida lo lógico es actuar de forma racional para protegerte, y no salir corriendo despavorido.
Cuando empezó todo, yo estaba despierto. Eran más o menos las 3:45 de la mañana y yo recién empezaba a pestañear, secuelas normales de trabajar con turnos de noche después de todo.Así que estaba yo tranquilamente viendo Star Trek (DS9, por si a alguien le pica la curiosidad) cuando, para empezar, se corta la luz. No es algo demasiado frecuente por estos lados (o al menos, no lo era hace un mes atrás) pero tampoco era la primera vez. Por lo general, pasan unos segundos y la luz vuelve, así que después de mecánicamente apagar el enchufe (deformación profesional) me quedé sentado, tal cual estaba, pensando en si acaso la luz volvería pronto o si sería mejor idea acostarse, y esperar a que me llegase el sueño.
Entonces empezó a temblar, tímidamente.
Vivimos en un país sísmico. Que tiemble, honestamente, no es nada tan raro. Así que por los primeros 5 segundos, lo único que hice fue ponerme de pie y acercarme al marco de la puerta, que se supone que es un lugar seguro (aunque ahora que todos son expertos en sismología, hay opiniones encontradas, pero después hablaré de eso) y recuerdo haber pensado “bueno, si esto se pone más fuerte, despierto a Daniela por si acaso”. No alcancé a terminar de pensar eso cuando, rápidamente, se puso considerablemente más fuerte. Daniela se despertó inmediatamente y nos quedamos los dos, de la mano, en el marco de la puerta. Desde donde yo estaba podía ver el living y por la ventana, el resto de la ciudad que a esas alturas ya estaba toda a oscuras.
Fueron las explosiones, las que me desconcertaron. Recuerdo dos, que iluminaron todo el cielo de azul, y sonaron como truenos. Entonces una parte de mi mente se desvió durante unos pocos segundos y pensó que nos estaban invadiendo, que era un ataque aéreo. Es una idea no demasiado lógica, y de hecho tal como dije, duró uno o dos segundos, hasta que me di cuenta que si bien los bombardeos hacen que la tierra tiemble, no puede ser ni tan fuerte ni por tanto tiempo. En mi defensa, debo argumentar que para aquel entonces (ya habían pasado unos 30 segundos, calculo yo) el concepto de realidad se había ido al carajo.
Breve inciso personal: en algún punto de mi vida, entendí que la realidad no es tanto aquello que vemos y podemos palpar, sino que es más bien lo que nosotros creemos que estamos viendo y palpando, y sobre todo, aquello que esperamos ver y palmar. Bajo este concepto, el terremoto era algo absolutamente real, pero rompía todos los esquemas de lo que uno espera vivir (y por ende, rompió también la realidad) ya que para empezar, se supone que los temblores no duran tanto y que no son tan fuertes.
Cuando íbamos superando el minuto y medio de temblor, la realidad había sido sustituída por una en la que no podías caminar porque corrías riesgo de caerte, porque el suelo ya no era algo fijo. Las estanterías y la tele se movían hacia delante y atrás, como cuando uno tira una moneda al suelo y esta se queda bailando. El ruido, fuerte, violento y desconcertante no sólo de cosas cayéndose (o en mi caso, no cayéndose pero si moviéndose mucho) sino que además ese rugir espantoso y sobrenatural de la tierra misma, y mientras tanto tu mente intentando encontrarle una explicación a todos esos estímulos. Y el mundo no dejaba de temblar.
Muchas veces uno a escuchado decir “estoy contigo en un minuto” o “vuelvo en 5 minutos” e inconscientemente uno asocia eso a que es un lapso de tiempo corto. Eso es mentira. Si uno espera uno o dos minutos algo, y no hace nada para distraerse, entonces va a tener una percepción real de lo que es un minuto. El puto terremoto duró casi tres. Y el movimiento fuerte, ese que te obligaba a aferrarte al marco de una puerta para no perder el equilibrio, duro al menos 2 de esos minutos.
¿He mencionado antes que todo esto, lo viví en un piso 12? Pues eso.
Durante las horas siguientes tembló muchas más veces de lo que había vivido en toda mi vida. Esto duró días, y a un mes de todo esto todavía uno siente una réplica al día como mínimo. Sigo sin tenerles miedo, pero no puedo evitar, cada vez que ocurre una, recordar que así fue como empezó el terremoto, con un ligero temblor. A partir de ahora, y probablemente por el resto de mi vida, cada vez que sienta temblar mi primer pensamiento va a ser “¿Es esto sólo el principio?”
Pero después del terremoto vino lo peor. Y lo mejor.
Los cortes de suministro, el pánico y la destrucción, y encima los saqueos. Gente que se creyó con el derecho y la necesidad de ir a robar y saquear, básicamente porque sí.En las noticias vimos a gente diciendo que no tenían que comer y que se estaban muriendo de hambre, y esto fue a menos de 24 horas del terremoto. Uno se muere de hambre después de semanas. Y ya lo que fue aún más vergonzoso y cara dura fue la gente que salía con televisores LCD y lavadoras del supermercado. Algunos, para mayor comodidad, se los llevaron en sus automóviles último modelo. Pocas veces me he sentido tan avergonzado, no sólo de mis compatriotas sino que de la raza humana en general.
Y luego vino la recaudación de fondos, donde se fijó como meta recaudar 15 mil millones de pesos, y donde se terminó recaudando más de 45 mil. Y de ellos, más de 20 mil fueron donaciones hechas por la gente (a diferencia del resto que fueron empresas y otras instituciones). Unos cuantos malnacidos que se creen con derecho de saquear, no son nada en comparación a todo el resto del país que se mete la mano al bolsillo para ayudar.
Los saqueos, asaltos y vandalismo fueron rápidamente sofocados (aunque muchos digan que no fue lo suficientemente rápido) con la llegada de los militares. Para mi, siendo chileno y consciente de la historia de mi país, es particularmente emotivo ver como una institución que fue sinónimo de represión y miedo ahora cumple un rol tan noble y valeroso como restituir el orden y ayudar a levantar el país. Me faltan palabras para poder expresar adecuadamente lo hermoso que me parece el hecho.
El terremoto pasó, la vida sigue, pero como dije antes,( y en términos generales como he dicho siempre) me cuesta entender a la gente.
Desde el terremoto, todo el país se ha llenado de expertos en sismología. No es sólo que todo el mundo te diga qué es lo que se debe de hacer en caso de terremoto (y que en la mayoría de los detalles, estos sean contradictorios, como el ponerse o no en el umbral de una puerta) sino que además, superando toda la ciencia y tecnología disponible, te aseguran que la próxima semana venía un terremoto aún más fuerte.
Esto fue así, especialmente, uno o dos días después del terremoto en sí. Escuché gente que tenía un amigo en el ejército, o conocía a alguien que trabajaba en el gobierno o en la Onemi, y que decían como información interna que todos sabían que el terremoto era sólo el principio, y que en unos días más, la próxima semana, iba a venir uno realmente fuerte. Usted, querido lector (especialmente si es uno de los que no viven en este país) podrá ver fácilmente la cantidad de puntos ciegos que se salta una afirmación como esa. El más obvio es que si existiese la tecnología para poder predecir un terremoto (y además su magnitud, porque esta gente no anunciaba réplicas, que son algo obvio, sino que derechamente hablaban de un terremoto mucho más fuerte, grado 9 por lo menos) no estaríamos en problemas para empezar.
Claro que mucha gente, ante ese razonamiento, empieza a hablar de a) El arma secreta del ejército norteamericano, capaz de controlar el clima y producir terremotos (me reservo el comentario), b) Un informe censurado por el gobierno que hace 3 años predijo el terremoto, y c) Comparando el terremoto con el de Haití, el de 1985 o el de Valdivia (porque como todos sabemos, los terremotos son todos iguales y su comportamiento es totalmente predecible). Ah, por cierto, d) Un “mago” que predijo el terremoto, lo cual es particularmente gracioso porque desde que tengo uso de razón que todos y cada uno de los magos y brujas, cada fin de año, predicen un terremoto devastador en el norte o en el sur (si nuestro país tuviese más terreno para los lados, no sé cómo se las arreglarían para sus predicciones).
Y la gente seguía (muchos aún siguen) alimentando el miedo, absorbiéndolo y multiplicándolo con fervor, devorando no tantas noticias como si muchos rumores y especulaciones, vaciando los supermercados de alimentos no perecibles, y básicamente preparándose para el fin del mundo. Cosa que, en estricto rigor, ni siquiera logró producir el terremoto en sí.
Con el tiempo, he llegado a entender que es un mecanismo de defensa. Horrendo, poco efectivo y notablemente dañino, pero mecanismo al fin y al cabo. Quizás la gente, convenciéndose a sí misma de que viene un terremoto más fuerte, gana cierto sentido de certeza, de preparación, de que esta vez no los tomará por sorpresa, que ahora van a estar listos y no les pasará nada. Pero mientras tanto tienen los nervios para la historia, y contagian a todo el que se acerque.